SOBRE EL TIEMPO PRESENTE
CLAVE DIGITAL
Leonel y el concepto (1)
El concepto es un arma noble, y no debe servir para encanallecer, para arrancarme de mí mismo, para expulsar de la ingenuidad del pueblo la belleza carnal de la verdad y las fuentes de las más nobles exaltaciones.
Andrés L. Mateo
Desde el Logos y el fuego primordial de los presocráticos, hasta la deconstrucción de Jacques Derrida o la “disolución del yo” de Gilles Deleuze, pasando por Hegel hasta Marx, Jacques Lacan y Michel Foucault; la aventura de la humanidad es la historia del concepto.
Ese mundo refractado a través de los marcos subjetivos del espacio y el tiempo, únicamente pudo ser atrapado en el concepto.
El concepto hizo la condición humana. Y no sólo porque conceptualizar expresa la deslumbrante cualidad de designar objetos universales, haciendo abstracción de sus particularidades; sino porque, sobre todo, el concepto es la palanca con la que la conciencia capta la estructura íntima de las cosas.
La palabra que fluye modela el tiempo, opera como posesión de la representación y es, mágicamente, la totalidad de las cosas.
Cuando digo “Mujer”, o cuando digo “Casa”, todas las mujeres y todas las casas están representadas a pesar de la infinita variedad de casas y de mujeres que existen; vagabundear por esa telaraña de imágenes fue el salto de la sabiduría humana, el espesor infinito, la variedad y la imprevisibilidad del saber que el concepto erigía.
El concepto fue una iluminación inaguantable de la inteligencia humana, une por emociones, sugestiones e instancias, varias fases de la experiencia individual y colectiva. Y ello, con una economía de recursos, apenas los signos trémulos del alfabeto, que son, en cierto sentido, la etimología del mundo.
¡Oh, Dios, la forma bastarda de la cultura no puede adivinar la grandeza del concepto, ese poder de atrapar el mundo en el espejo de la palabra! Es por eso que, en medio del debate electoral, cuando yo oí al Presidente Fernández proclamar su superioridad para estructurar conceptos frente a los demás candidatos, tuve la sensación de que las palabras se desteñían sobre las cosas.
No tengo ninguna duda de que maneja con mayor destreza el juego contradictorio de la retórica conceptual, pero el concepto históricamente no es sólo la capacidad de construir el “texto”, la idea; sino que el sujeto se deshace en él a través de un entrelazado, y si esa capacidad no sirve para superar, para engrandecer la condición humana, no tiene más que un valor negativo.
La grandeza del concepto es que hermana, como diría Roland Barthes, “el tiempo de la doxa, de la opinión, y el de la paradoxa, de la contestación”; por lo que deben fluir noblemente hacia los acontecimientos, hacia la vida cotidiana las límpidas ráfagas de esas palabras esculpidas.
El concepto es un arma noble, y no debe servir para encanallecer, para arrancarme de mí mismo, para expulsar de la ingenuidad del pueblo la belleza carnal de la verdad y las fuentes de las más nobles exaltaciones.
Se puede poseer superioridad conceptual, pero de nada sirve si ella nos conduce hacia una furiosa inclinación por la infamia. Leonel lo sabe, porque sus actos se transforman en sus gestos, y su comedia conceptual intenta hurtarnos la pluralidad del mundo.
viernes, 13 de junio de 2008
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